jueves, noviembre 10, 2011

Resurreciones...

Hace dos días, que no asomaba mi naríz fuera de la puerta; de esa puerta que me resguarda del mundo. Hoy desperté, y me dí cuenta, caí en cuenta, pedí la cuenta: dos amaneceres con sus respectivas tardes pasaron fuera de mi cuarto, me saludaron por la ventana y yo ni siquiera los noté.

Hace dos noches, hace dos días, que no hablaba con nadie, que no pronuncié más que lo absolutamente necesario para que me dejaran aquí.

Hoy despierto, miro a mi alrededor y puedo palpar que de verdad estoy a solas conmigo, que sólo abrazo a mi alter ego. Hoy pido la cuenta, me doy cuenta, caí en cuenta que llevo 48 horas de nada, de comer nada, de vivir nada, de pensar nada, de fumar nada, de respirar nada.

Hoy que me toca despertar(me), que me toca retomar mis manos y aprender a escribir mi historia con mis propios lápices, quería hacer mío el consejo que me dio un amigo para curar la garganta pero aplicado a un dolor mayor. Sin embargo, llega una mano que se tiende entre la nada, una ayuda no pedida ni siquiera esperada, que me hace comprender que ya es hora, que debo salir a caminar.

Me tomo finalmente el atrevimiento de afrontar el mundo, de salir a caminar y poder mirar a la gente. De poder hablar, de escuchar mi voz luego de tantas horas de silencio. Porque no hablar puede ser también una forma de silenciarse por dentro, porque hacer silencio no necesariamente es sinónimo de pensar. Desde que desperté y al ver la factura de haber pasados dos días con sus noches encerrado en la nada, pensé mejor que durante estos dos días.

Casi no tengo voz, estoy afónico por la gripe, hasta llegué a pensar que era el efecto secundario del nudo que sentía en mi garganta al decir adiós. Pero hoy puedo decir, con la poca voz que me salga, que hemos hecho lo mejor. Faltan muchas cosas por decir, muchas por componer, muchas por perdonarme. Tengo mil versos que no te escribí, tengo cientos de canciones que no te enseñé por miedo a que no te gustaran, tengo miles de cosas que no te conté. Pero de nada me sirve y de nada te ayuda pensar en eso. Con el tiempo, sólo con el tiempo, podremos sentarnos a reflexionar nuestros caminos, nuestro sitio. Entonces será quizá el momento de enseñarte todo lo que tuve y que no te dí; pero hoy no es ese momento, hoy es el momento en que yo me debo perdonar.

Un día de estos te esperaré bajo un almendro, y podremos mirarnos sin llorar. Nos veremos con alegría, nos contaremos con tranquilidad cómo nos va a cada quién.

Hace dos días que no me asomaba por el mundo, y esta noche que lo hice lo encontré un poco cambiado. O quizás era yo, quizás yo lo ví distinto, porque soy distinto. En momentos así me gustaría que estuvieras aquí sólo para enseñarte lo distinto que soy, pero sé que no debo pensar así, que debo aprender a asombrarme yo mismo y con eso tener suficiente. Vos también debés aprender a hacerlo, si no es que ya lo sabés.

No deberías leer esto, y yo no debería escribirlo. Pero el impulso es mayor que yo. Sólo quería que supieras, por si lo necesitabas saber, que detrás de esa puerta que me resguarda del mundo, estoy aprendiendo a vivir y lo estoy haciendo bien. Hoy asomé mi nariz al mundo, y regresé con este mar de sensaciones y con la naríz fría por la noche. Amén.

CDV

1 comentario:

Anónimo dijo...

Pronto, pronto, nos veremos en el almendro.