lunes, septiembre 10, 2012

Confesiones de verano III

Otras veces es más parecido a esto. O esto es más parecido a un circo, o el circo es como un teatro y el teatro es como esto y esto se parece más a todo. El problema principal se presenta cuando se deben repartir los papeles. ¿Quién va a querer estar del lado de las tablas sueltas? o mejor aún, jugarse la vida sin saber el final.

Un día de tantos, me dijeron que la clave es amar. ¿Pero amar qué? Esa sería una verdadera interrogante. Y en esta extraña obra, en esta extensa trama, amar el aire es un poco confuso por no decir cansado. Porque conforme la trama parece expandirse más, hacerse tan grande que no puede ser obviada ni aunque se quiera, ni aunque nos esforcemos.

Sí, puede ser que el absurdo se apodere poco a poco de la historia. Eso también puede ser.

Pero si escribir el guión en estas condiciones ya es todo un reto, no hablemos siquiera de meternos en nuestros papeles. Es casi como jugar a las escondidas sin saber con quién, contra quién, sin saber si nos toca buscar o escondernos.

Y la paso peor cuando ante el lente tenés que sonreír, y los papeles se reparten nuevamente, como una baraja. Y es evidente quién te tocar ser, pero quién queda tras la cámara, quién se quedó fuera de la escena y quién solamente cobra la entrada; eso es lo que nunca sabemos con certeza. Al menos no todos lo sabemos a tiempo.

Después, me preguntarás sobre el clima, el antojo de comer queso o la realidad, ese monstruo que habita en nuestras cabezas pero pretender independizarse. Y yo te ignoraré unos minutos, una noche, quizá una mañana, procurando que te des cuenta de mi indignación; sin embargo, lo más probable es que no preguntarás nada, y es casi un hecho que yo olvidaré todo al momento en que debas actuar para mí, conmigo.

Y de nuevo, al final de la noche, al final de las luces, de los aplausos, de memorizar tantas frases vacías, tantos nombres que nunca pude pronunciar correctamente, termino olvidando el guión y prefiero sentarme... entonces te miró desde acá, detrás del público. La rabia se acumula en mi garganta, y la trago como a un líquido viscoso.

Prefiero salir a fumar a la calle, dejar de lado el hecho de ser el que cobra en la puerta, y mejor caminar, caminar mucho silbando un tango sin pensar, con las manos en los bolsillos y los zapatos mojados. Caminar otra vez, lejos, sin conocer las calles, hasta cansarme.

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