miércoles, noviembre 07, 2012

Confesiones del no-verano V

Por esas cosas de la vida te encuentro un día desnuda en mi habitación. Y no puedo negar la fascinación que me produce esa hermosa casualidad. La sorpresa de mirarte así, transparente, hermosa.

Cierro la puerta con cuidado para que nadie nos moleste, y cuelgo mi abrigo tras la puerta, como quien no se sorprende de encontrarte aquí, en este universo imposible.

Sonrío, con esa sonrisa nerviosa que me nace siempre que apareces frente a mí. Te ofrezco un té, compré leche en la mañana pensando que tal vez vendrías esta semana. No aceptas nada, no quieres nada de comer. Inclinas un poco la cabeza y me miras así, con esa mirada seria, profunda, la mirada que parece buscar el fondo de mis ojos, esa mirada que siento como una interrogante de dos vías.

Te acercas, pausadamente, yo sigo inmóvil. Te vuelvo a decir lo que ya conoces bien, que me encantan tus piernas, y ríes con ganas, pero rápidamente vuelves a poner esa mirada. Te acercas, tus ojos frente a los míos, cerca, muy cerca. Y te dejas ser.

A la mañana siguiente, salto de la cama, con las ganas incontenibles de sentarme a escribir un par de líneas, que no sé donde inician ni en qué terminarán. Pero necesito calmar la ansiedad que me produce la ausencia de tu boca, así que me siento y de una vez lo escribo todo.

Vuelvo a mi casa por la noche, y nuevamente, me asalta la necesidad de que fuera cierto, por lo menos un día, encontrarte por esas cosas de la vida desnuda en mi habitación.

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