lunes, enero 27, 2014

Bestiario personal XIII

XLIV
El trece es un buen número. Es como respirar una vez que todo se termina, cuando se apagan las luces y queda vacío el escenario.

XLV
Quizá debería practicar las cartas eternas, largos discursos para luchar por tierras lejanas, esperanzas ambiguas que creí tener. O simplemente dejar que el viento corra, admitir que no lo puedo detener con mis manos; que es lo más natural.

XLVI
El décimo tercer mes del año pasó sin mucha gloria, poco faltó para que cayera el silbido del cielo y reconsquistara la melancolía. Pero no sucedió. Tampoco me desesperé buscando mi abrigo para salir a la noche.

Simplemente sonreí, y con paso tranquilo, me fui bailando como los locos por las calles.

XLVI
Caminando pensé en las sombras. Luego pensé en las esperanzas. Me divertí un poco haciendo malabares con la memoria. Llegué a mi casa y vi de nuevo el cajón de las esperanzas muertas antes de nacer. Saqué un par de ellas para jugar a las marionetas, y fue divertido, por poco vuelvo a creer que existe un lugar dentro de su pecho para mí.

Sin embargo, por suerte me llamaron al teléfono y desperté del trance absurdo que me generó su tétrica sonrisa. Hay ciertos juegos que son peligrosos, y no me refiero a los que se juegan contando estrellas.

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