miércoles, junio 03, 2015

La edad del miedo

Llegan los años Veinte, y no me refiero a los años veinte de cualquier siglo, sino a los años Veinte -con mayúscula- de cualquier individuo. Años Veinte de cualquier individuo no es lo mismo que decir los Veinte años cualquiera de un individuo, por eso llevan mayúscula.

Son los años Veinte, y un individuo se convierte en un veinteañero, calificativo con el que será identificado, generalmente de manera despectiva por quienes nos son veinteañeros. Porque los veinteañeros no se detiende a pensar en su veinteañeritud, ni son cuestionados por ella entre sus coetáneos; por el contrario, son vistos unos ante los ojos de los otros con complicidad impensada.

Se miran entre sí y se sienten parte de un colectivo que no tiene necesidad -ni conciencia- de admitirse como tal. Se miran unos a otros y lo que miran es su reflejo, luego miran el mundo y es como si vieran una extensión de sí mismos, porque el mundo parece un lugar natural para sí. Se mueven por el mundo, toman el mundo, se creen hechos por y para el mundo y el mundo les regresa esa ilusión con confeti y vestidos de brillantina.

Pero no es de los años Veinte que quiero hablar, porque todos sabemos lo que son, todos hemos sido parte de esa fiesta brillante y hemos lanzado confeti a nuestro paso. Quien ha leído hasta aquí, puede haber visto desfilar una serie imágenes y recuerdos por su mente, mientras avanzó en el texto. Puede haber tratado de asir alguno de esos recuerdos disimulando una sonrisa melancólica o bien, puede haber tratado de espantar alguna imagen que aún causa ardor en el pecho. Pero ese lector que llegó hasta acá en cualquiera de los dos casos, simplemente ya ha perdido su veinteañitud.

Él es parte de esa gente que los veinteañeros miran con extrañeza, un ser al que no pueden comprender de dónde viene y hacia dónde va, porque no les parece que se mueva al mismo ritmo con el que ellos hacen girar al mundo.

Pero tampoco quiero hablar de esta población. No quiero, en realidad, hablar de ninguna población.

Deseo hablar de un momento, de una "edad", como quien habla de la edad de piedra, de la revolución neolítica, de la edad del bronce o bien del hierro. Sucede, que cuando recién uno se acostumbra al agitado ritmo de la veinteañitud sobreviene un vértigo, un vértigo terrible.

Y es que sin advertirlo nos vamos acostumbrando al ritmo acelerado del mundo de los Veinte, nos acostumbramos tanto que de pronto ya no notamos que el mundo se mueve. Pero es entonces cuando el mundo, impulsado por los veinteañeros, por primera vez se mueve sin nosotros.

Este momento, este eterno instante de duda es el inicio del cambio. Es la entrada de la edad del miedo. El final de la certezas.

Hasta entonces, no era necesario cuestionarse mucho la vida, porque el tiempo es maleable. Lo hacemos, lo deshacemos y si es necesario, lo guardamos porque habrá más tiempo para recomponer a la vida misma.

Hasta entonces, lo que conocemos sin reflexionarlo mucho es que la vida es una abstracción, un imaginario que construimos al ritmo que corremos una frenética carrera por hacer girar al mundo. Pero en la edad del miedo, empezamos a cuestionar esa vida, ese mundo y los giros que nosotros mismos dimos.

Empezamos por cuestionar hacia dónde corre la gente que antes eran nuestros cómplices, y ya no nos parece que seamos parte de los que mueven el mundo. Ya la vida no parece una abstracción sino un peso, concreto, muy concreto. El tiempo ya no es maleable sino una cuerda tensa, casi una navaja. El mundo ya no parece un ambiente tan natural para nosotros.

Y llega el miedo.

Dibujando su plenitud en la sombra del pensamiento, un miedo aterrador aparece. Un ente que amenaza con engullirlo todo, incluso al mundo que conocemos sin que el mundo mismo se entere. Ahí está, y nosotros, como niños en la noche, no sabemos si gritar o escondernos bajo las sábanas. El miedo está ahí, erguido en la sombra, y no pareciera que haya luz que lo ahuyente.

Viendo la amenaza, nos volvemos al mundo, al conjunto de veinteañitudes que corren tras del mundo y les señalamos temblorosos la amenaza. Nos devuelven esa mirada de extrañeza, esa mirada que cuestiona quiénes somos, de dónde venimos y a dónde vamos. Y de nuevo dudamos si el miedo existe o lo estamos inventando, dudamos también de quiénes son esos que mueven el mundo.

Y dudamos de nosotros mismos. Todo cuanto conocimos cae dentro de la espiral de la duda, y las certezas se vuelven un recuerdo hermoso de una época donde sólo bastaba estar vivo.

Descubrimos entonces, que lo maleable era tan sólo la materia con la que están hechos los sueños. Maleable y efímera.

Y el camino de las certezas, de las próximas certezas, parece verse borroso en el horizonte. Pero dudamos ahora si son reales, si son alcanzables, si realmente son las próximas o sólo son las antiguas certezas y nosotros hemos equivocado de nuevo el camino.

Esa es la edad de la duda eterna. La edad del miedo.

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