lunes, octubre 17, 2016

Bestiario XVII

LVIII

Debo confesar que escribir crónicas se ha vuelto un pecado, un sacrificio ante el laurel. Sin embargo, los inciensos de laurel son los más placenteros, lo admito.

LIX

Es similar el placer de tenerla cerca. O al menos de mirarla dentro del espejo, atrapada como una libélula. Sólo que ella es de esas sonrisas que muerden y me dejan sangrando.

LX

Espero, pacientemente, que su reflejo en mi vacío termine pronto. O al menos que deje de meterse en mi cama.

LXI

Sobrealimentar algunas bestias es peligroso. Como a mi ego, que cada noche me duermo intranquilo pensando que si no le doy una dosis suficiente de alimento para saciarlo puede que despierte con un miembro superior dentro de su mandíbula.

LXII

Si lo pienso bien, lo que siempre tuvo fue un dejo de vanidad. Al menos vanidad en el sentido de un orgullo propio. Debería ser conciente y aceptarle eso, concedérselo, aunque podría concederle más. Como la noche que me dijo que no entraría en la boca del oráculo que sabría le diría ni un paso más.

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