lunes, noviembre 21, 2016

Bestiario XXIX

LXXI
Debo admitir que he resistido. Como una enhiesta roca que resiste tu vaivén. Todos los días me repito tu no-nombre como un mantra. La lentitud del tiempo cada vez que pienso no pensarte me lava el espíritu.

LXXII
Quizá lo que más he resistido es el impulso a escribir una larga carta. Esa necesidad que conoces de soltar todo sin pensar las consecuencias de un abrazo. Dibujar líneas, trazar formas que luego me aniquilarán. Algo así como convertir cada soga en un espejo. Eso, algo así como mirarse por dentro mientras espero que toques a la puerta.

LXXIII
Ya puestos a confesiones, quisiera levantarme sin sentir frío por dentro. Sin tener que recitar dónde está dios aunque no exista.

LXXIV
Esta noche estaba solo en la calle. El viento helado trataba de derribarme. Veinte minutos faltaban para la media noche, y la lluvia no perdonaba a mi abrigo. Y aún así, no podía apartar la sensación que aparecerías también, del otro lado de la calle susurrando un canto ancestral y dibujando pájaros que llevan relojes por corazón.

LXXV
Tendría que aceptar que en todo lo que hago guardo una esquina para la esperanza de verte. Es terrible, porque como araña teje un hilo en las esquinas de mi casa, a pesar que a diario la limpio.

LXXVI
No sé cómo, pero aún me despierto por las noches pensando que estás mirándome desde la ventana. Salgo a mi sala a oscuras y caigo como un idiota en la emboscada. Está ahí, sentado en el sillón tomando té. Trato de entonar un conjuro como los que hacías cada mañana, pero el recuerdo ni siquiera se inmuta. Por el contrario, parece esbozar una macabra sonrisa y se levanta. Estirando sus patas largas y delgadas tiene que encorvarse para entrar en esta casa. Lo desafío con las piedras que me dejaste, y lo que hace es ofrecerme una copa de vino. Acepto el trago y terminamos conversando hasta el amanecer. Después, sólo tengo que enfrentarme al desgano de la vida, mientras reprimo el deseo de volver a conversar por la noche.

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